Revista F@ro Nº2

Género y espacio público en los jóvenes de Barranquilla (Colombia):
todos usan el espacio pero ellos lo definen

Nancy Regina Gómez1
Universidad del Norte. Barranquilla, Colombia.
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Resumen: Esta investigación se propuso conocer los diferentes usos del espacio público que hacen hombres y mujeres entre 14 - 22 años en la ciudad de Barranquilla, Colombia, y los sentidos que surgen de dichos usos.

Tal diferenciación, entre hombres y mujeres, al hacer uso de la ciudad, plantea un desequilibrio que afecta la relación con la misma y las posibilidades de realización personal y comunitaria de los y las jóvenes en Barranquilla, al tiempo que dificulta un sentido de lo colectivo en un espacio público que satisfaga las necesidades e intereses de ambos géneros.

Palabras Clave: espacio público, género, usos, ciudad, centro, periferia.

Ser mujer en Barranquilla significa recorrer andenes (cuando existen) y calles, esquivando a un extraño que sale a nuestro encuentro para fantasear con nuestras formas; evadir los besos que nos lanza un singular peatón; querer huir de los apretones que quieren tomar para sí nuestras curvas, y desarrollar otras tácticas para superar los obstáculos a los que nos enfrentamos las mujeres en nuestra cotidianidad urbana. Pareciera que el cuerpo femenino tiene para los hombres de la ciudad la misma función que tienen los teléfonos públicos: "sólo tómelo y úselo". ¿Es posible para las mujeres vivir en la ciudad sin emprender huidas y sin planear continuamente estrategias para esquivar al "otro" en un espacio que se supone público?

Son las 12:00 de la noche: Andrés y sus amigos compran unas cuantas botellitas de whiskey llaman a unas "amiguitas buenas", y en el transcurso de irlas a recoger se distraen en el carro dando vueltas, escuchando high reggaeton y mirando a las "gatas". Cuando la luz del día se ponga sobres sus rostros, ellos irán al Centro Comercial más popular de la ciudad con la "novia" a disfrutar "lo más sano". Tres clases de mujeres: "amiguitas buenas", "gatas" y "novias", de acuerdo con la hora y el sitio; así son catalogadas estas adolescentes. ¿Por qué ellas no cuestionan y sólo asumen estas denominaciones en su andar por el espacio público?

El espacio público supone dominio público, uso social colectivo y multifuncionalidad. Si la calidad del espacio público se evalúa por la intensidad y la calidad de las relaciones sociales que facilita (Borja: 1997: 70), el uso que hacen las mujeres en Barranquilla pone en evidencia la inequidad en el acceso a este escenario.

Esta investigación se propuso conocer los usos del espacio público que hacen hombres y mujeres entre 14 - 22 años en la ciudad de Barranquilla, Colombia y los sentidos que surgen de dichos usos.

Para el desarrollo de esta ponencia partiremos de la definición de espacio público y determinaremos cómo se dan las relaciones de poder en el espacio público. Seguidamente nos centraremos en el ser joven en la ciudad, para determinar cuáles son los sentidos que hombres y mujeres dan al espacio.

Durante las últimas décadas del siglo XX, Goldman (1980) y Hall (1984) prestaron atención a la forma como hombres y mujeres utilizan el espacio, y establecieron una relación entre género y proxémica. Esta disciplina aborda dos temas básicos: el espacio personal y la territorialidad. El espacio personal es la zona que nos rodea y la territorialidad, además de un sentimiento de pertenencia a una porción particular de tierra sobre la cual tienen derechos exclusivos, implica un modo de comportamiento al interior de esa entidad.

Nos ocuparemos de la territorialidad como una conducta humana. El territorio es nombrado y recorrido por los individuos. Nombrarlo es asumirlo en una extensión lingüística e imaginaria; en tanto que recorrerlo es darle una entidad física, darle unos límites (Silva: 1992: 48). Ambas acciones: nombrarlo y recorrerlo, se hacen tanto física como mentalmente. Puede mostrarse o materializarse en una imagen, en la que se ubican sus contenidos y se marcan los límites. Éstos determinan que quienes se encuentran dentro de ellos son los usuarios "familiarizados", y quienes están fuera son los "extranjeros". En suma, lo que define la naturaleza del territorio es el uso.

En el caso de la ciudad, en la medida en que los habitantes hacen uso del espacio público surgen unidades territoriales, producto del flujo social entre los diferentes actores urbanos. Estas unidades territoriales pueden formarse en el Centro y Periferia de la ciudad. Silva expone que el centro es lo focal donde tiene lugar el ejercicio del poder o centralidad ideológica. Lo periférico es lo marginal al centro, vive satélite al centro.

Si bien, el mundo globalizado ha llevado al surgimiento de nuevos modos de relacionarse, de relocalizarse, también lo es que, sea cual fuere el lugar físico o ideológico en el que se ubique el centro, éste genera potencialidades de valor desigual, cuyo uso es disputado a cada instante, en función de la fuerza de cada uno (Milton: 2005). Es cierto, por un lado, que la ciudad no debe ser vista en su totalidad como el ejercicio de sectores dominantes sino como mestizaje y encuentro cultural, pero también lo es que el poder centralizado en la ciudad hace que el tejido urbano se fragmente, se especialice funcionalmente, y la segregación social consolide la desigualdad en las regiones metropolitanas (Borja: 1997: 73). Esto lleva, en consecuencia, a la creación de dinámicas tribales y fracturas en la cohesión social.

En las sociedades patriarcales el poder sobre el territorio es ejercido por el hombre, es él quien se encuentra en el centro. Desde esta posición, son los hombres, en la mayoría de los casos, quienes determinan qué "clase" de mujeres acceden a ciertos espacios ("amiguitas buenas", "gatas" y "novias", las nombran), a qué hora lo hacen, y qué usos le dan a dichos espacios; y aún, de qué manera se relacionan con las mujeres en estos sitios. Son ellos quienes recorren con seguridad las aceras, y desde su posición legitimadora de poder, abordan a las mujeres para intimidarlas con gestos y comentarios que degradan su sexualidad. ¿Tendremos acaso las mujeres el rol de extranjeras en nuestra ciudad?

En ocasiones, la situación llega a extremos y la agresión va más allá de lo verbal. Según el estudio recientemente publicado: "Los riesgos de ser mujer en Barranquilla" (Duncan, 2005), en los últimos cinco años y hasta el primer semestre del 2004, al menos 10 mil mujeres y niñas menores de 14 años habían sido abusadas sexualmente en la ciudad.

En consecuencia, problemáticas en menor y mayor escala, como la arriba mencionada, ponen en evidencia que el uso que hacen hombres y mujeres de la ciudad plantea un desequilibrio que afecta la relación con la misma y las posibilidades de realización personal y comunitaria en Barranquilla, al tiempo que dificulta el sentido de lo colectivo (Reguillo, 2000) en un espacio público que satisfaga las necesidades e intereses de ambos géneros. Miremos en detalle el caso de los jóvenes; porque como afirma Rossana Reguillo:

(.) los jóvenes, organizados o no, se convierten en termómetro, para medir los tamaños de la exclusión, la brecha creciente entre los que caben y los que no caben, es decir los inviables, los que no pueden acceder a este modelo y que por lo tanto no alcanzan el estatuto de ciudadano (2000).

Los jóvenes en la ciudad acceden al espacio público estableciendo sus propias regulaciones específicas, determinando la utilización del mismo y las actividades que en éste se hacen. Por ejemplo, en Barranquilla es común encontrar en la vía "pública" una reunión masiva de jóvenes en espacios abiertos de libre acceso, donde combinan y beben lo que han adquirido previamente en comercios, escuchan música y hablan. Este uso que los jóvenes hacen del espacio público pone en evidencia uno de los modos de agrupación y creación de identidades en la sociedad contemporánea.

Podemos decir que los jóvenes reducen su participación social al agrupamiento con sus iguales, y su visión a su problemática interna, de modo que crean espacios múltiples, "íntimos", en los que se excluye abiertamente al "otro", dando como resultado sitios cada vez más desterritorializados, en los que no hay espacio para la creación de vínculos sociales y de identidad.

De modo que la forma en que los jóvenes hacen uso del espacio público en la ciudad es desde sus grupos o tribus (unidades territoriales) en aquellos sitios en los que pueden estar íntimamente con sus iguales, y que están lejos de la definición expuesta como público.

En suma, los jóvenes en Barranquilla se relacionan con sus iguales en dos ambientes: Uno, lugares íntimos (casas de amigos y bares) y dos, en sitios de libre acceso diseñados para el fluir libre de todos los habitantes (calles, esquinas, gasolineras), que no son diseñados para el encuentro, pues entorpecen la convivencia, pero que, según los mismos jóvenes explican, los usan porque la ciudad no les ofrece otros espacios para el ocio diferentes a bares y discotecas.

Para Rossana Reguillo (2000), los jóvenes no están fuera de lo social, y para entenderlo así nos invita a trascender la dicotomía dominantes-dominados y mirar las relaciones en términos de interacción, observando cómo sueños y anhelos se configuran en el contacto. No obstante, cabe preguntarnos ¿Están los sueños y anhelos de las adolescentes configurados, articulados al interior de la sociedad?

Para dar respuesta a este interrogante, miremos los resultados obtenidos en la investigación Ciudadanía juvenil: sin espacios ¿Dónde construirla? (Gómez, 2005), finalizada en marzo del presente año.

Se llevó a cabo un sondeo de tipo cualitativo entre los jóvenes de 14 a 22 años. Se dividió la ciudad en cuatro sectores: Norte, centro, sur oriente y sur occidente. Se abordó de manera informal a los jóvenes en sitios tales como: Colegios, centros comerciales, esquinas (licoreras) y en la calle, con el fin de conocer los sitios que frecuentan en la ciudad.

De las mujeres entrevistadas el 75% dice no sentirse segura cuando transita por la ciudad, el porcentaje restante afirma que se siente segura cuando va acompañada, así como depende de la hora en que recorran las calles. El 52% nunca iría a los barrios del sur ni a los bares de la misma zona.

Luego de este sondeo, se realizaron 5 grupos de discusión en los que los y las jóvenes expresaron en profundidad sus percepciones sobre el andar en la ciudad. Las chicas confirmaron una vez más que nunca irían a bares del sur: "Nunca iría a una verbena. Una vez fui y me sentí violada. El olor, la gente, la música, el cigarrillo, el tipo de animación ("donde está la cachona"), no me gustó nada de eso."

Los jóvenes (hombres), en su mayoría de estratos 1, 2 y 3, se sienten seguros sin importar donde se encuentren. "Uno crea una seguridad falsa al hacerse "llave" (amigos) de los hampones o "coletos" del barrio. Una vez lo conocen ya no se meten con él pero realmente no existe seguridad." La contextura del cuerpo masculino, el modo de hablar, de caminar les crea esa "falsa seguridad". Ellos tienen la propiedad de camuflarse en el terreno desconocido y "peligroso" para obtener el libre acceso a donde desean. "Si eres así "boleta" como yo no se van a meter contigo"; "Cuando se nota que la persona está fuera de su entorno, es más vulnerable".

Sin embargo, las mujeres no se sienten seguras nunca. Se sienten vulnerables. Ven su sexualidad amenazada constantemente: "Es incómodo no poder vestirse como queremos por miedo a ser acosadas verbal o sexualmente".

Las mujeres coinciden con los hombres en que la apariencia es importante a la hora de recorrer la ciudad, pero no es una garantía de seguridad para ellas: "Si voy sola al gimnasio, debo colocarme encima de la trusa una camiseta que no me resalte el cuerpo". Sin embargo en "cualquier esquina aparece alguien que no le importa que tan ancha sea tu ropa para morbosearte".

Cuando una mujer marca con sus ropas ligeramente sus formas y sale al espacio público está invitando, según el centro de poder, a "que le falten el respeto". De modo que ellas caminan evitando que sus cuerpos sean objeto de las fantasías de un extraño; se visten de acuerdo a la hora y al sitio al que van. En otras palabras, las mujeres hacen de su movilidad erótica, una inmovilidad de sí mismas que depende del otro, es decir, que su gratificación, su comodidad al andar, se encuentra siempre en el terreno de lo ajeno: Ellas se mueven sólo por la movilidad del otro. (Londoño: 1991).

¿Qué sucede en los espacios "íntimos" de encuentro entre las y los adolescentes?

Veamos a continuación uno de los textos escritos por uno de los jóvenes que participó en los grupos de discusión de la investigación Ciudadanía juvenil: sin espacios ¿Dónde construirla?, en el que expresa el modo en que se relaciona con sus grupos de amigos. Este joven expresa que prefiere relacionarse en las casas privadas:

(.) eso sí que vivan solos, y nos ponemos a beber unas cervezas mientras fumamos "arguile", luego compramos unas cuantas botellitas de whiskey llamamos a unas amiguitas buenas, las recogemos. En el transcurso de irlas a recoger nos distraemos en el carro dando vueltas, escuchando "high reggaeton" y a veces un poco de "dabqui" y nos entretenemos mirando a las gatas en el "fronteo", en fin, volvemos a casa; ponemos la música adentro se apagan los focos y comenzamos a rumbear, a toda, a otra manera, pero siempre nos parece que es mejor que Frogg Leggs y la Quinta (discotecas), porque podemos hacer lo que se nos ocurra, a veces la situación llega a extremo con las mujeres, y esto ocurre cuando el alcohol lo tenemos en la cabeza, luego como siempre en toda corrida, sale los que están full borrachos y toca irlos a cargar.

La noche tiene el valor de lo privado, se apagan los focos y podemos hacer lo que se nos ocurra. Ahí la situación llega a extremos con las mujeres.

En el día frecuentamos el centro comercial Buena Vista. A este sitio vamos con un amigo y con mi novia, vamos a "disfrutar lo más sano", se pueden hacer las cosas que le gustan a uno sabiendo "que no me hagan daño (Gómez, 2005).

La división entre día y noche es una división de la naturaleza que también nos ayuda para determinar los sitios a los que los jóvenes asisten en estos dos lapsos de tiempo. Puesto que para los jóvenes adolescentes "la noche tiene el valor de lo privado" cuando se apagan las luces, es posible hacer "lo que se les ocurra. La situación llega a extremos con las mujeres". ¿Con todas las mujeres? No, sólo con aquellas mujeres que ellos nombran, recorren -en la geografía de su cuerpo- y reconocen como "amiguitas buenas". Ellos las denominan así porque con ellas es posible llegar al "extremo". Tal disposición femenina les otorga, a estas adolescentes, vía libre para acceder a ciertos lugares íntimos de lo masculino.

Otra mujer que también puede moverse en esta porción del centro, con la "autorización" previa del poder masculino, es la "gata". Por el hecho de estar en la vía pública, en una licorera, en la entrada de un bar o discoteca, a altas horas de la noche, vestida de modo revelador, se convierte en una mujer "pública", una mujer para ser vista y admirada en su fisonomía por los adolescentes, quienes desde sus carros la contemplan con la seguridad que les otorga el pertenecer al centro de poder ideológico en la ciudad y, del mismo modo, ellos definen a la mujer en el espacio público.

Y es que el espacio público donde encuentran a la "gata" es una promesa que con ella no habrá límite; tal y como sucede en una avenida en la que se conduce deprisa y con la excitación de no llegar al final, ellos exploran las maravillas del terreno; la noche, con el valor de lo eterno, será su cómplice para encubrirles hasta que amanezca y decidan explorar otra unidad territorial.

Cuando el sol sale a su encuentro, es señal de que ha llegado el tiempo de las "novias". Ellas son ubicadas en el terreno de lo "sano" ideológica y geográficamente. Por ningún motivo son expuestas a los "extremos" de la noche. En el día no hay "extremos" todo es revelado, así que ellos prefieren recorrer el espacio en compañía de una mujer que no sea reconocida por sus pares como una mujer pública. El ejercicio de salir con ella de la mano, con la aprobación del sol sobre sus rostros, llegar a ambientes libres del humo del cigarrillo y de los desenfrenos que produce el alcohol, es algo que sólo se puede hacer con una mujer "privada" en un sitio "familiar" como el Centro Comercial.

Podríamos preguntarnos entonces: ¿La "amiguita buena" que entra a los lugares íntimos masculinos pasa a formar parte del centro ideológico de poder por unas horas? o ¿son los jóvenes quienes desde el centro se mueven a la periferia, también en el sentido de lo ideológico, para relacionarse con ellas y luego retornar a su centro? ¿La "novia" que sale de la mano del "novio" bajo la aprobación del sol al centro comercial, y es exhibida como lo sano en la vida del otro, se encuentra temporalmente en el centro de poder? o ¿son ellos quienes se mueven a la periferia donde está la "novia" y retornan a su centro?

Armando Silva, al definir centro y periferia, advierte que tanto el centro como la periferia están en continuo desplazamiento, no sólo en el sentido físico sino en el sentido ideológico. Veamos cómo aportan estos conceptos en el modo en que los y las jóvenes hacen uso de la ciudad.

En el caso de la adolescente que hace uso de la calle y de la acera en su cotidianidad, ella se enfrenta por un lado a lugares considerados como "peligrosos", para y por ella, puesto que se encuentra en una situación de riesgo al llegar a ser agredida verbal, física o sexualmente. Este espacio se torna "peligroso", pues se enfrenta a la regla del más fuerte contra el más débil. De ahí que las adolescentes manifiesten categóricamente experimentar constante temor, el cual sólo mengua cuando van acompañadas. Al verse obligadas a cruzar calles o aceras "peligrosas", lo hacen conscientes de la desventaja a la que se enfrentan.

En cuanto a las mujeres que acceden a los espacios íntimos de esparcimiento de los hombres, lo hacen cuando éstos se lo permiten. Lo aceptan y lo hacen bajo las reglas del hombre, moviéndose dentro del universo hegemónico masculino. En ambos casos, ellas actúan como la periferia en el territorio, se desplazan hacia el centro y dependen de las reglas de éste.
El temor al usar la ciudad y la aceptación del orden dominante desde la periferia, pone en evidencia la desigualdad al acceder al espacio público y lleva a que la mujer no se reconozca como parte del territorio, que no se defina como "yo en mi entorno", de modo que termina ejerciendo rol de extranjera una vez ingresa a aquellos espacios geográficos e ideológicos del centro de poder masculino (Silva: 1992:51).

Este poder centralizado en la ciudad, produce fragmentación del tejido urbano, segregación social y desigualdad en las regiones metropolitanas. En consecuencia, esta diferenciación entre hombres y mujeres al hacer uso de la ciudad, plantea un desequilibrio que afecta la relación con la ciudad y las posibilidades de realización personal y comunitaria de los y las jóvenes en Barranquilla, al tiempo que dificulta un sentido de lo colectivo en un espacio público que satisfaga las necesidades e intereses de ambos géneros.

Ambos géneros deben vivir, apropiarse la condición de ser ciudadano, sentirse parte de una ciudad que no sólo incluye a sus habitantes en el orden político, en el ejercicio del voto, o ser y sentirse ciudadano por el simple hecho de vivir en una ciudad, sino porque se incluye el reconocimiento de la ciudadanía por la diferencia; aunque exista la diferencia nada justifica la exclusión. Todos y todas los ciudadanos y ciudadanas tenemos derecho de disfrutar la infraestructura urbana y servirnos del espacio público sin sentirnos extranjeras en nuestro territorio.

La ciudad es un espacio que por su naturaleza alberga la diferencia, no hay una cultura única de lo urbano, pero lo que debe ser preocupación de todo proyecto en términos de lo urbano, social, político y económico, es la inclusión de los y las habitantes en los proyectos formulados que permita el desarrollo de la individualización de lo personal y el avance de lo colectivo.

Si estar dentro de lo social es mirar las relaciones en términos de interacción observando cómo sueños y anhelos se configuran en el contacto (Reguillo: 2000), las jóvenes barranquilleras no forman parte del universo social reconocido por el colectivo, pues ellas sueñan con construir su autoestima como ciudadanas desde el ser alguien con movilidad propia para usar la ciudad, no sólo con parecer sino aparecer en la ciudad, dicho en términos de Silva (1992: 61).

Entonces, se hace urgente comprender las diferentes cosmovisiones que lleven al fortalecimiento de ciudadanos y ciudadanas comprometidas con el bien común. Además, la comprensión de las distintas cosmovisiones, facilita la consolidación y formulación de proyectos colectivos con los que la sociedad civil pueda irse identificando para visualizar cambios significativos para todos y todas.

El espacio público es indispensable para desarrollar procesos de socialización, allí se produce la diversidad, el intercambio, y se aprende la tolerancia. El acceso equitativo de todos y todas permitirá que nuestras ciudades cuenten con ciudadanos y ciudadanas que vivan activa y responsablemente su compromiso social.

Referencias bibliográficas

Avila, Esther (1975): El varón polígamo. Barcelona, Plaza y Janes.

Arias, Melba (1991): Cinco formas de violencia contra la mujer. Santa Fe de Bogotá, ECOE Ediciones.

Borja, Jordi (1997): Ciudadanía y espacio público. Barcelona, Seminario Ciutat Real Ciutat Ideal.

Duncan, María Cristina (2005): "Los riesgos de ser mujer en Barranquilla", UN NORTE, Año2, No. 11.

Gómez, Nancy (2005): Ciudadanía juvenil: sin espacios ¿Dónde construirla? Barranquilla, Universidad del Norte y Colciencias.

Pearson, Judy, Turner, Lynn y Mancillas, W. Tood (1993): Comunicación y género. Barcelona, Paidós.

Reguillo, Rossana (2000): Emergencia de culturas juveniles. Estrategias del desencanto. Buenos Aires, Ed. Norma Enciclopedia latinoamericana de sociocultura y comunicación.

Silva, Armando (1992): Imaginarios Urbanos. Bogotá, Tercer Mundo.


Notas

1 Es miembro de PBX Grupo de Investigación en Comunicación y Cultura, Comunicadora Social y Coordinadora del Programa de Comunicación Social y Periodismo. mail: ngomez@uninorte.edu.co


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Revista teórica del Departamento de Ciencias de la Comunicación y de la Información
Facultad de Humanidades - Universidad de Playa Ancha
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