Revista F@ro Nº 7 - Tesis

Memoria y olvido social: Conectores intergeneracionales
que nos consienten la conjugación del tiempo

Tesis de Grado para optar al Título Profesional de Periodista y al Grado de Licenciado en Comunicación Social

Resumen: En el siguiente artículo se plantea la existencia y la importancia de la memoria y el olvido social entendiendo que, los procesos que conllevan dichos conceptos tienen como consecuencia diversas conexiones intergeneracionales, donde los individuos no sólo van componiendo e identificando las instancias de la memoria o los modos en que olvidamos, sino también la tensión que se ejerce al conjugar constantemente el tiempo.

Palabras Clave: Memoria / olvido / conexión intergeneracional / sociedad

Abstract: In the following article appears the existence and the importance of the memory and the social oblivion understanding that, the processes that carry the above mentioned concepts take diverse intergenerational connections as a consequence, where the individuals not only are composing and identifying the instances of the memory or the manners in which we forget, but also the tension that is exercised on having brought together constant the time.

Keywords: Memory / oblivion / intergenerational connection / society

1.- Para comenzar: Implicancias de la memoria y el olvido

Pasamos gran parte de nuestra vida recordando, es una actividad cotidiana que nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida. Pero ¿qué implicancias involucra este acto que desarrollamos tan constantemente? A continuación definiremos cuáles son las instancias que, como seres racionales y pensantes, somos capaces de desarrollar a partir del acto de la memoria y, como complemento de esta, el olvido. Desde una perspectiva más amplia, es necesario mencionar la función de cohesión social que guardan la memoria y el olvido con respecto a cualquier grupo humano que comparte, a través de distintas generaciones, un tiempo y un espacio determinado.

Para poder abordar este tema es necesario entender en primera instancia por qué es que recordamos, pues más allá de una herramienta biológica, la memoria es una capacidad que hombres y mujeres utilizamos básicamente como un mecanismo de convivencia social.

“Rememorar es reflexionar, o sea utilizar la inteligencia y por lo mismo, la memoria es eminentemente instancia reflexiva; recurre a sistemas dados de ideas, a modelos representacionales del mundo y de la sociedad perfectamente de actualidad. Por consiguiente, dicha instancia es también instancia social” (Baeza, 2003, p. 30).

Es precisamente la utilización de la inteligencia la que nos permite, como seres sociales, recurrir a lo que hemos aprendido –y aprehendido-, tanto por experiencia directa o por influencia externa, y queremos revivir en el presente. Es posible señalar entonces que utilizamos nuestra memoria puesto que buscamos satisfacer una necesidad que se presenta como actual. Cualquiera sea el ámbito en que utilizamos nuestra memoria (cultural, sentimental, cognitivo, religioso, etc.) lo que intentamos lograr es hallar una explicación. Cuando buscamos las circunstancias que llevan a una celebración particular en una ciudad o al intentar relatar la historia de amor de nuestros padres por ejemplo, no hacemos otra cosa que utilizar la memoria para ir hasta el pasado, concebir una idea sobre aquellos acontecimientos pretéritos, reconfigurarlos, y finalmente utilizarlos y entender nuestro propio contexto actual.

En esta transición, que realizamos mentalmente, desde un suceso que sabemos ocurrió en el pasado, van desprendiéndose inevitablemente algunos aspectos o aristas de los mismo hechos. En otras palabras, jamás retornamos al presente un hecho pretérito en la manera exacta como ocurrió. Ni siquiera si tomamos como ejemplo una película filmada de nuestras celebraciones familiares, en tal caso, la cámara tampoco estaría captando el contexto en su totalidad; una cámara filmadora, así como una fotográfica, lo primero que realiza es una selección, es decir, considerará lo que esté dentro del lente de la cámara, lo demás es descartado.

Así también funciona nuestra memoria. Somos incapaces de conservar absolutamente todo en nuestra mente, ya sea porque no somos testigos de todos los aspectos que ocurren en un determinado momento, o porque nuestra mente, al igual que el lente de una cámara, selecciona y margina ciertos sucesos, aún en el mismo instante en que estos se están desarrollando.

Con mayor sentido aún esta conservación de recuerdos se fracciona al traerlos al presente. Digamos que “el trabajo de la memoria parte entonces en el presente para realizar un esfuerzo de reestructuración identificable del pasado, es decir subrayando aquellos aspectos que se articulan de algún modo u otro con el presente, prescindiendo de otros”. (Baeza, 2003, p. 30). Pues, precisamente lo que condiciona aquella instancia que recordamos, es la utilización que le daremos en el presente; son las explicaciones que debemos o queremos encontrar actualmente, las que nos dirán en qué debemos enfocar nuestra propia memoria pretérita.

Cuando señalamos que no podemos recordarlo todo, básicamente esta idea termina allí cuando hablamos de la memoria individual. Sin embargo, la existencia de la memoria colectiva, en todo grupo social, nos habla de otra cosa. Nos lleva a la unión de las memorias, a la complementación que todo grupo realiza al unir sus recuerdos en monumentos, ceremonias, archivos, celebraciones, etc.

Podemos por tanto, eliminar desde ya la idea que presupone la existencia de un solo tipo de memoria. Tanto la memoria colectiva como la memoria individual forman parte de nuestra estructura social, y van definiendo aquello que somos, y que conocemos como nuestro imaginario, o nuestra identidad. Cuando interactuamos con los otros, la memoria se presenta más flexible, más pretérita, más amplia y a la vez más íntima. Cuando convergen distintas memorias con un mismo interés, es posible calar más hondo, no sólo en los recuerdos, sino también en los significados y las implicancias inminentes de dichas evocaciones.

A nivel familiar, donde las historias vividas por el núcleo van repitiéndose, y re-contándose a través del tiempo, a través de las diversas generaciones, es donde aparecen las influencias aquellos otros relatos. A la vez que vivimos los distintos relatos, también vamos reconfigurando nuestra historia, y damos un primer paso para conjugar el tiempo. La subjetividad es entonces protagonista de esas diversas narraciones de nuestra propia historia. Coincidentemente, ya sea hablando de la memoria colectiva o la memoria individual, ésta “se convierte en una manera de conservar, actualizar y también reinventar el pasado” (Pini, 2001).

Entonces, ¿Qué duda puede existir con respecto a la alteración que realizamos sobre el pasado? Sólo a modo de ejemplo, acaso cuando decimos <<todo tiempo pasado fue mejor>> no estamos sino llevando acabo –o más aún reconociendo directamente- una modificación considerable de nuestro pasado, eliminando nuestras penas, los conflictos sociales, las carencias y frustraciones que vivimos irremediablemente a lo largo de nuestra vida en contacto con los otros. Convengamos además que la memoria se fracciona también porque disfrutamos de esa fascinante capacidad de recordar preferentemente aquello que nos reconforta. Es entonces cuando la memoria busca y recurre a su complemento: el olvido.

2.- Memoria y olvido: una dualidad esencial

Al plantearnos el tema de la memoria social o de la memoria individual, la primera tendencia es a definir los recuerdos, a hablar sobre aquello que con-memoramos social o familiarmente. Las fechas, los lugares, libros, monumentos, plazas, y determinados acontecimientos comienzan a verse como aquellos espacios de memoria a los cuales se debe apelar. Y sin embargo, la dualidad entre memoria y olvido, esto que Marc Augé en Las formas del olvido aproxima a la relación que tienen la vida y la muerte, no sólo es uno de los factores que permite la existencia de nuestros recuerdos, sino que también nos explica cómo es que vamos seleccionando, según nuestras propias subjetividades e identidades, aquello que utilizaremos en el presente.

Como señalamos anteriormente uno de los motivos de nuestra insistencia en regresar al pasado, sea reciente o remoto, es la capacidad que este proceso tiene para explicar y situarnos en nuestro presente. Por tanto, podemos señalar que la función del recuerdo es contener, en los diversos sentidos y niveles posibles, algún tipo de explicación. Y debemos reconocer que el ser humano no necesita explicárselo todo, aunque los esfuerzos tecnológicos y científicos parecieran apuntar hacia esa intención.

Al comienzo de este artículo señalamos que una parte importante de nuestra vida la pasamos recordando, y esto sucede gracias a que hemos olvidado. Pero, si mi pasado no me explica los porqués de mi presente , de mis costumbres, mis miedos, mis éxitos y limitaciones, de mi identidad, entonces lo que acontece es el olvido. “El olvido total o parcial, interviene cuando el recuerdo no tiene ya más utilidad para el grupo, cuando el ‘acontecimiento' considerado ha agotado su efecto social, provocando con ello el desinterés del grupo” (Baeza, 2003, p. 31).

Reconocer la importancia del olvido hasta el sentido que permite explicar la propia existencia de la memoria, no quiere en ningún caso sobreponer uno de los conceptos por sobre el otro sino, como hemos dicho anteriormente, son dos complementos. Dos etapas de un mismo proceso que se preceden y suceden en un orden ecléctico; pues ni nuestra historia es una sola, ni nuestra racionalidad permite una sola visión de los hechos. Alteramos el presente, porque somos alterados por el pasado; y así volvemos a acomodarnos, con lo pretérito, con nuestras explicaciones, funciones y emociones.

En otras palabras, si la sociedad actual es mutable, dinámica, y versátil, también lo son nuestros recuerdos, nuestras memorias, nuestros pasados. Y en otro sentido, más plural si así se quiere, si en la actualidad concebimos una interdependencia entre los diferentes actores que participan en la estructura social, en la memoria colectiva ocurre lo mismo. Vale decir, que no basta con que alguien nos señale un recuerdo para que este sea definitivo e incuestionable, sino que más bien dependerá de la reafirmación de los otros, de la importancia de lo que esta memorización explique, y finalmente, de los acuerdos y conflictos que surjan a partir de las dos o más versiones diferentes. Entonces, “ la memoria social no es ni inmutable ni cárcel de larga duración. Es, básicamente, un proceso de negociación constante y mediatizado entre el individuo y el/los colectivo/s a el/los que pertenece o en el/los que se inscribe” (Martínez Gallego, 2003). Se entiende que los recuerdos personales de un individuo son siempre vulnerables al enfrentamiento y comparación con los recuerdos de quienes componen su círculo social, su familia, sus amigos, su entorno laboral, etc. Y el resultado de aquella vulnerabilidad será entonces el comienzo de una interminable relación entre la memoria social y la memoria individual, que finalmente nos permite la conjugación del tiempo desde el presente, pero sin olvidar la importancia de nuestro pasado, y las significancia que nuestras memorias tendrán en el futuro.

¿Cómo los recuerdos se convierten en conectores intergeneracionales?

Un contexto próximo que nos ayudará a entender este proceso de negociación del cual nos habla Martínez Gallego, es el traspaso de la memoria existente entre las diversas generaciones de un grupo social. Precisamente este autor explica que “la memoria sólo puede ser social si es capaz de transmitirse”; así también entendemos la comunicación, ésta sólo cumple su función entre los seres humanos, cuando llega a lo que el filósofo y escritor francés, Régis Debray, menciona como transmisión . En ambas, el sentido que se busca es llegar a un traspaso, no sólo de un individuo o un grupo a otro, sino también desde un contexto social a otro, de una cultura a otra, de una racionalidad a otra, y por qué no, desde una emocionalidad a otra. Ese traspaso no funciona como una hegemonía de conocimiento, no se busca la estandarización de los actores involucrados, sino por el contrario es una especie de abono, en el sentido que está allí para dar lugar a algo distinto.

La intención de transmitir es reconocible desde el comienzo de la civilización. Convencionalmente se señala que el hombre al aprender a utilizar diversas herramientas y técnicas, identificó la necesidad de heredar aquello que sería utilizable en el futuro a las nuevas generaciones. En cuanto a preservar la memoria social, esta premisa sigue su línea,

“ El hombre, desde tiempos remotos, ha sido el creador de técnicas y prácticas de la memoria social destinadas a evitar el olvido en aquello que considera fundamental mantener no tanto como un simple recuerdo artificialmente revivido, pero sí como elemento normativo cuya vigencia es considerada necesaria en la existencia presente” (Baeza, 2003, p. 45).

Si bien hablamos desde los tiempos remotos de la historia del ser humano, la preservación de lo que parece ser fundamental para un grupo se conforma por instancias que son identificables íntegramente a nivel cotidiano y familiar. Cada vez que revisamos las fotografías familiares, o cada reunión familiar celebrada con una fecha conmemorativa importante, donde las historias que se cuentan son las mismas que se relataron el año anterior y las mismas que se contarán al año siguiente, son acciones que nos señalan la existencia de algo relevante para nuestra identidad y que se encuentra en algún acontecimiento vivido por nuestra propia familia. Baeza (2003, p. 39) explica que “la memoria colectiva, según circunstancias y tiempos históricos selecciona, jerarquiza, justifica, y hasta omite hechos y momentos que pudiesen amenazar o quebrantar el sentimiento más primordial de unidad”. Este sentido de unidad es lo que nos lleva a escuchar, repetir e intentar rescatar una y otra vez nuestras historias familiares. Recordamos las vivencias de nuestros padres y abuelos para lograr una prolongación del pasado. La unidad familiar se refleja muchas veces en el conocimiento de los momentos y los entornos de los integrantes. A nivel social ocurre lo mismo. El conocimiento de determinados hitos o la historia de ciertos emplazamientos, son nociones que unen a quienes lo comparten, una etnia determinada, una comunidad migrante, una minoría social, o hasta una nación. La prolongación del pasado, no conlleva un estancamiento de las ideas o en las renovaciones sociales, sino que más bien, intenta explicar el presente teniendo una base que se considera histórica o emocionalmente relevante.

Cuando una generación conserva sus vivencias en diversos soportes comunicacionales, el sentido de transmitir –de la memoria y de la comunicación- completa un proceso que termina conectando con diversas redes y fuerzas los sentidos de nuestra propia identidad.

La identidad y la memoria son dos conectores intergeneracionales íntimamente relacionados entre sí, y que permiten la perpetuación de una cultura, de un grupo o de una familia. Pareciera que sólo nos reconocemos pertenecientes a un grupo determinado cuando vemos nuestros lazos de pertenencia a él. Cuando una generación transmite, a través de los diversos métodos de que se vale la memoria, un sentido de participación, colaboración y por ende de pertenencia, este sentido puede ser heredado a las generaciones siguientes.

De igual manera, cuando la participación de un grupo es limitada, mermada o arrancada de un determinado contexto, el olvido social comienza su función, e igualmente utiliza los diversos métodos para sesgar lo que venía siendo. Las generaciones siguientes deberán saber conocer o interesarse en los motivos de dicho distanciamiento, para continuar así el sentido de lo que el grupo intenta construir.

Ya sea desde la memoria, con sus diversos soportes, como fotografías, diarios, medios audiovisuales, monumentos, etc. O desde el olvido, a través de los diversos métodos que este utiliza, como por ejemplo el silencio o directamente la destrucción de los soportes antes mencionados; las distintas generaciones están interconectadas a través del juego de la memoria y el olvido, para continuar y no dejar moribundo el sentido de su propia identidad, el origen de sus propias explicaciones, del presente, del pasado, y, por lo tanto, el comienzo de cómo comenzar a forjar el futuro.

Si “memoria e identidad se encuentran entrelazadas de modo que el conjunto de significados de toda identidad individual y grupal que da un sentido de pertenencia a través del tiempo y el espacio está basada en el recuerdo y a su vez lo que es recordado está definido por la identidad asumida” (Acuña, 2001), podemos afirmar entonces que conservamos en la memoria aquello que nos sirve o sentimos nos servirá para desarrollar nuestra personalidad o nuestra identidad. He ahí el placer del recuerdo. Consecuentemente entregamos al olvido aquello que nos resulta doloroso, que nos frustra, o que sesgó de manera negativa lo que veníamos construyendo socialmente. He aquí el placer del olvido.

Finalmente podemos unir los diversos conceptos en causas y consecuencias que van conformando los procesos que vivimos, tanto en nuestra cotidianidad con nuestros seres queridos y más próximos, nuestro contexto social directo, como también en nuestro contexto temporal más amplio y global. Nuestra memoria nos permite volver al pasado, fragmentarlo de diversos modos e incluso eliminarlo en un olvido aparente. El olvido nos permite despegarnos del pasado que no aporta a nuestro sentido actual, cuando los hechos pretéritos ya no nos explican lo que estamos viviendo gozamos de la posibilidad del olvido; y por tanto, tomamos el presente en nuestras manos, pero siempre con la conciencia colectiva de la influencia que este presente tendrá para las generaciones venideras, que intentarán retornar al pasado desde su propio presente; que fue construido desde mucho antes por otros actores sociales. Esto es “el fruto de la memoria y del olvido, de un trabajo de composición y de recomposición que refleja la tensión ejercida por la espera del futuro sobre la interpretación del pasado” (Augé, 1998, p. 28).

Cuando hablamos de los usos de la memoria, es posible señalar que si bien el ser humano es por esencia un ser creador de distintas técnicas y prácticas que le permiten volver a instancias pretéritas, sólo identifica la utilidad de la memoria posteriormente y es posible que sólo lo haga de una manera fragmentada. Por lo tanto, la utilidad de la memoria podría ser siempre susceptible de ser comprendida en un grado mayor, hasta llegar a toda su magnitud y en todas las instancias en las que influye sobre los diversos niveles de la vida cotidiana de hombres y mujeres, y más aún en la historia universal del ser humano como especie racional y social a través de su propia historia.

Entonces, si la compresión de la importancia de la memoria ocurre sólo después de creadas las herramientas sociales de comunicación y convivencia social, valdría la pena preguntarse ¿cuánto más nos falta por conocer hoy sobre la importancia de memorizar aquello que nuestros antepasados crearon?

Para concluir me gustaría señalar que efectivamente podemos conectarnos con diversas generaciones a través de la memoria y el olvido social; podemos también conjugar el tiempo, fraccionarlo y negociar sus influencias. Y, sin embargo, la tarea más importante es siempre poder llegar a entender que estos no son más que procesos, y que el fin último de éstos no es otra cosa que crear y prolongar una convivencia social racional entre los pueblos, culturas, grupos e identidades que comparten un mismo espacio.


Notas

* La Tesis que da origen a este artículo se titula “Herencia italiana: huellas y vivencias en Valparaíso. Análisis de las redes de comunicación de distintas generaciones migrantes, sus memorias e interferencias en el patrimonio cultural de Valparaíso” y fue realizada por Carolina A. Bugueño Ulloa y Jenny Bruna Jara, en la Carrera de Periodismo de la Universidad de Playa Ancha.


Referencias bibliográficas

Acuña, María Elena (2001). Género y Generación en la Transmisión de la Memoria . En: Cyber Humanitatis, 19. Disponible en: http://www2.cyberhumanitatis.uchile.cl/19/macuna.html. Fecha de consulta: 7 de mayo del 2007.

Augé, Marc (1998). Las Formas del Olvido. Barcelona: Gedisa.

Baeza, Manuel (2003). La memoria colectiva. Aproximación sociológica a la construcción de la memoria social pretérita. Concepción, Chile: Editorial Escaparate ediciones.

García Canclini, Néstor (2005). Imaginarios Urbanos. Buenos Aires: Editorial Universitaria.

Martínez, Francesc-Andreu (2003). Memoria social e ‘historiografía mediática' de la transición. Disponible en: http://www.upf.edu/periodis/Congres_ahc/Documents/Sesio1/Martinez.htm. Fecha de consulta: 7 de mayo del 2007.

Pini, Ivonne (2001). Fragmentos de Memoria. Los artistas latinoamericanos piensan el pasado. Bogotá: Ediciones Uniandes. En: Biblioteca Luis Ángel Arango (Blla). Disponible en: http://www.lablaa.org/blaavirtual/todaslasartes/fra/indice.htm. Fecha de consulta: 25 de mayo del 2007.


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